El viejo.
Se levanta, como todos los días, como todas las vidas, como
siempre.
Prepara café, como
cada mañana, después de tomarlo sale de casa a trabajar la tierra, el perro, si
es que a ese roñoso animal se le puede aún llamar perro, le sigue, es tan viejo
como su amo, tan viejo como las viejas herramientas que usa hoy, como todos los
días.
Apenas comienza el
trabajo y el viejo ya está cansado, y eso que aún no sale el sol, mira al
cielo, como esperanzado de que las nubes, que se ven lejos, se acercaran y le
dieran el pretexto para dejar por hoy la labor.
El medio día se alza
ya, el viejo y el perro descansan bajo la sombra de un árbol, más viejo que
ambos, el viejo aquel acaricia al animal este, y el hombre agradece
correspondiendo la caricia con otra más sobre la cabeza del perro, tomaron el
almuerzo, un poco desganados, mas el perro que el amo, que el tiempo es el mismo,
pero la edad pesa más, el viejo apenas se dio cuenta, lo miró enfermo hace
varios meses, con una carraspera en el cogote, de esas que por la noche no
dejan descansar y en el día no permiten trabajar, aun que hoy no se había
presentado, lo había visto caminar y verle flaquear las piernas, era también ya
muy viejo, sin más amigo que el mismo y el viejo a su lado, solo esperando la
muerte, lenta y pesada, que cayera en cada cual sus ojos, y mientras tanto
trabajar, que cuando la muerte se
atrasa, no avisa para cuando.
Quiso levantarse,
pero los miembros no respondieron, el viejo entonces decidió tampoco
levantarse, estar con el compañero, que para eso se vive, cayo la tarde, era
inevitable, se dio cuenta el viejo, su también anciano amigo no vería el siguiente
amanecer, es mejor, él fácilmente pudo ir a conseguir ayuda, pero le pareció
que preferiría terminar sus días apreciando la tierra, aquellos surcos que
recorriera tantas y tantas veces, y sus estrellas, esas que en el horizonte
comienzan a aparecer, las mismas que han
visto cada paso de cada día de estos ancianos, las manos calludas del anciano
acariciaron las orejas del perro, como despidiéndose, era tal vez el último
gesto que tendría con él, despedida de despedidas.
Después de que sus
ojos se cerraron para siempre y las estrellas perdieron un testigo, como
siempre y como nunca, que así como pierden ganan y no importa, porque a fin de
cuentas el que mira las estrellas se mira a sí mismo, que ellas no saben que
alguien sabe. El viejo aulló triste a la luna, le pareció que así lo habría
querido, despedía así al anciano que yace durmiendo el sueño de los
desesperanzados al lado de aquel árbol.
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