lunes, 19 de mayo de 2014

El viejo



El viejo.

Se levanta, como todos los días, como todas las vidas, como siempre.
 Prepara café, como cada mañana, después de tomarlo sale de casa a trabajar la tierra, el perro, si es que a ese roñoso animal se le puede aún llamar perro, le sigue, es tan viejo como su amo, tan viejo como las viejas herramientas que usa hoy, como todos los días.
 Apenas comienza el trabajo y el viejo ya está cansado, y eso que aún no sale el sol, mira al cielo, como esperanzado de que las nubes, que se ven lejos, se acercaran y le dieran el pretexto para dejar por hoy la labor.
 El medio día se alza ya, el viejo y el perro descansan bajo la sombra de un árbol, más viejo que ambos, el viejo aquel acaricia al animal este, y el hombre agradece correspondiendo la caricia con otra más sobre la cabeza del perro, tomaron el almuerzo, un poco desganados, mas el perro que el amo, que el tiempo es el mismo, pero la edad pesa más, el viejo apenas se dio cuenta, lo miró enfermo hace varios meses, con una carraspera en el cogote, de esas que por la noche no dejan descansar y en el día no permiten trabajar, aun que hoy no se había presentado, lo había visto caminar y verle flaquear las piernas, era también ya muy viejo, sin más amigo que el mismo y el viejo a su lado, solo esperando la muerte, lenta y pesada, que cayera en cada cual sus ojos, y mientras tanto trabajar, que cuando  la muerte se atrasa, no avisa para cuando.
 Quiso levantarse, pero los miembros no respondieron, el viejo entonces decidió tampoco levantarse, estar con el compañero, que para eso se vive, cayo la tarde, era inevitable, se dio cuenta el viejo, su también anciano amigo no vería el siguiente amanecer, es mejor, él fácilmente pudo ir a conseguir ayuda, pero le pareció que preferiría terminar sus días apreciando la tierra, aquellos surcos que recorriera tantas y tantas veces, y sus estrellas, esas que en el horizonte comienzan  a aparecer, las mismas que han visto cada paso de cada día de estos ancianos, las manos calludas del anciano acariciaron las orejas del perro, como despidiéndose, era tal vez el último gesto que tendría con él, despedida de despedidas.
 Después de que sus ojos se cerraron para siempre y las estrellas perdieron un testigo, como siempre y como nunca, que así como pierden ganan y no importa, porque a fin de cuentas el que mira las estrellas se mira a sí mismo, que ellas no saben que alguien sabe. El viejo aulló triste a la luna, le pareció que así lo habría querido, despedía así al anciano que yace durmiendo el sueño de los desesperanzados al lado de aquel árbol.

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