Jacinto Estrella
Se fue una noche de Mayo, noche sin luna, se fue sola
a la oscuridad abandonada, ella que nunca lo dejo solo es dejada, y él se
preocupa de que vaya a tener miedo a donde vaya, a donde aún no puede
acompañarla, se preocupa de que vaya a tener frio y no estar cerca, para
arroparle el cuerpo con el propio, como todas las noches, como siempre, como
cada Diciembre de cada año cuando el frio que entra por la ventana abierta,
queriendo cebarse en ella, sopla y sopla frio y seco.
No te dejo solo, le dijo, y fue la última vez que escucho
su voz, la misma que hacía más de cincuenta años escuchará por vez primera una
mañana, un Agosto después de una llovizna, temporal entrado y aprovechado,
cuando lo rebaso corriendo, por su prisa, de no mojar siquiera la sonrisa, y
esa fue la última vez que separaron, sus almas, sus bocas y sus prisas.
No te dejo solo, le dijo, y miro hacia la ventana,
esperando ver la luna, luna huidiza, era noche cerrada y noche oscura, noche
sin luna, noche de esas en que la negrura, desgarra el mundo y sin piedad se
cuela por las rendijas, y solo pudo ver las estrellas que bailaban, en su
eterno bamboleo luminiscente. Un viento cálido entro por la ventana, y se llevo
consigo, el último suspiro de Gertrudis, y Jacinto supo entonces que estaba
solo, se alegro entonces por el hecho de entender que esto no le toco a ella,
la soledad de enfrentar un mundo, donde no existe el o una ella, pero dentro de
sí se hundió una parte, colapso el hueco que llenaba en su vida la anciana que
yace inerte en el lecho, y en su cerebro se ilumino otra parte, una que casi
nunca se despierta, tomo su viejo violín y toco para ella la misma melodía que
tocó aquel día, el día en que el párroco del pueblo ante Dios, sus promesas
unía, la misma con que juró amarla para siempre, aquella mismas notas que hace
50 años cautivaran además de a su esposa a esas pequeñas criaturas que habitan
el bosque, esas criaturas de ensueño, que ahora escuchan las notas, y se
acercan a la cabaña y con sus flautas y sus cantos se unen al dolor de Jacinto,
y en aquella noche oscura descubrió el anciano que Gertrudis no lo dejo solo,
descubrió su voz en aquellas voces del bosque, en ese sonido dulce de flauta,
en el sonido del viento que entra por la ventana y en aquel aullido de coyote
entre los cerros, asomó su dolor por la ventana y pudo ver que fuera se
encontraban, aquellos seres míticos,
irreales, y eran 30, todos ellos despedían con sus flautas a la amiga, que
compartió con ellos sus desvelos, y que danzó a la luz de la fogata, y que
mantuvo siempre su secreto.
Pasaron varios años, marcho el tiempo, el frio fue y
vino cuatro veces, las lluvias regalaron a estas tierras el sustento, la
primavera levantó los tallos verdes y el verano se llevó con sus fríos vientos,
las viejas hojas que desprende del amate, y Jacinto Estrella en su lamento,
cada vez que no hay luna en el firmamento, baja al pueblo y se refugia en la
cantina, se refugia de la lluvia, y del viento, se refugia del suspiro que no
avisa y lo toma desprevenido aún en la misa, y cuando ya el aguardiente ha
invadido su cerebro, cuenta sus aventuras en el monte, cuenta sobre 30
compañeros, que le han mostrado como el fuego solo quema, a todo el que lo
ofende y no respeta sus antiguos flujos viejas flamas, cuenta como esos
compañeros en sus viajes por los siglos han encontrado antiguas lagartijas
gigantescas, también cuenta sobre fiestas de luna nueva, y fuegos que se
encienden en las piedras, aguas que nacen de los arboles, y soplos que provocan
vendavales, por último esta noche ha de contar que las noches sin luna como
esta, invita a los 30 a probar, el aguardiente invento de los hombres, y
festejan hasta que amanece y nunca sabe cómo es que lo hacen, pero al otro día
siempre amanece, en su cama arropado sin cambiar, es por esta ultima historia
que hay un joven que curioso sigue al hombre, hasta las afueras del pueblo ha
de llegar, pues mas allá en el camino, en la parte más oscura, a donde no llega
la luz de la linterna, solo se encuentran, 2 amates y se sabe lo que guardan o
se sospecha, Jacinto adelantado se detiene, toma su violín y delicado toca un
antiguo tema que le enseño alguno de los 30, arranca del violín las suaves
notas, sentado en una roca toma un trago, cuando ve aparecer de entre las
hojas, uno a uno a los 30 compañeros, el joven a lo lejos solo escucha, que al
sonido del violín se unen ahora, la dulce melodía de algunas flautas, se prende
un fuego y alcanza a divisar a la distancia, pequeñas sombras que al ritmo de
las flautas bailan alrededor de aquellas llamas, se suelta la llovizna y
lentamente se apaga aquel fuego y se adelanta, cuando llega a donde el fuego estaba,
solo queda la ceniza y su esperanza de no haber soñado aquella escena, pero esto
no sabrá cómo explicarlo, ahí donde el anciano se encontraba, solo queda un
antiguo violín Stradivarius, 30 flautas de madera retorcida, una botella de
aguardiente vacía y desde mas dentro del bosque se escuchan 30 voces que
cantando se alejan, y un anciano que recordando a su Gertrudis va cantando una
canción a las estrellas.
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